Nieva: Capítulo 4 (versión extendida)

Teníamos que salir porque tras la revisión de daños matinal nos dimos cuenta que el último vendaval se había llevado parte del tejado, lo suficiente para suponer un problema de acumulación de nieve y de posibles filtraciones

– Hace mucho frío papá, de verdad es necesario hacerlo ahora? Además, se nos ha hecho un poco tarde para empezar, nos va a llevar un buen rato y nos quedaremos sin luz.

Mi voz sonaba compungida, la verdad es que aún me temblaban las piernas del frío que pasé la última vez salimos tan tarde. Por eso y porque era muy complicado luchar en ocasiones contra el mero hecho de salir de casa, pasábamos demasiadas horas a refugio, seguros de que ahí estaríamos a salvo. Era demasiado tiempo para nuestros cuerpos, pero sobre todo para nuestras mentes que quedaban aletargadas, faltas de estímulos y acumulando temores al respecto de cualquier cambio que pudiera acontecer al asomarnos al exterior. Paradójicamente, siempre y cuando tuviéramos qué comer, el que el tiempo transcurriera no era algo que nos preocupara; realmente y pensándolo bien el tiempo era lo único que permanecía constante y en abundancia en nuestra nueva vida.

– Papá? – ya se había marchado, dudo que ni tan siquiera me hubiera escuchado, en fin, nos pusimos manos a la obra.

Tras 30 días seguidos nevando, lo que suponía el tramo más largo conocido sin cambios bruscos en el clima, estábamos realmente preocupados por el momento en el que éste se fuera a producir. Más si cabe cuando la actividad que teníamos que llevar a cabo suponía estar completamente a la intemperie entre dos y cuatro horas, que era lo que quedaba de luz. Y aunque no llegara un cambio brusco, el estar expuesto durante tanto tiempo al exterior con horquillas térmicas de unos 20-30 grados en el periodo que necesitábamos estar fuera (que era la única previsión que podíamos hacer viendo lo que había pasado los últimos 30 días e inventarnos de ahí una tendencia), no invitaba demasiado a la tranquilidad.

Para hacerse una idea, el mero hecho de salir equipado para soportar temperaturas de hasta 30 grados bajo cero (sin viento) y luego encontrarte que la temperatura sube hasta los 5 o 10 grados bajo cero, supone ya un problema de base. Porque lo primero que te dan ganas es de empezar a quitarte protecciones a lo loco con tal de no llegar a la asfixia; y si lo haces, y la temperatura vuelve a bajar, seguramente mueras congelado porque no te dé tiempo a volver a equiparte otra vez. Yo he visto caer a dos por lo primero y a cinco por lo segundo.

Así que lo que hacemos en estos casos es entre los tres vestirnos con ropas con niveles diferentes de protección. Uno con protección baja para las temperaturas menos frías, otro intermedias y otro para las más frías. Nos colocamos dentro de la casa lo más cerca posible de la zona a reparar, y en base a la temperatura que haya fuera le toca trabajar a la persona que lleve el nivel de protección más adecuado, el cual se prepara antes de salir con la ayuda del otro, lo que facilita las cosas. Si hay cambios, se produce cambio de turno en base a si la temperatura va al alza o a la baja.

Es un procedimiento que genera un avance extremadamente lento, aunque seguro, y que te permite ante una circunstancia inesperada reaccionar rápido ante el cambio. Tendría que buscarle un nombre, seguro que encontraba un buen nombre si me concentraba en ello, pero cuando se opera en estas circunstancias no se puede perder la concentración. Suficiente esfuerzo me costaba ya no perder el hilo de lo que estaba haciendo mientras veía la casa rosada al final del camino, la verdad es que desde el tejado se veía especialmente bien, y ese ventanal enorme desde donde era evidente una figura que observaba. Nuestra figura misteriosa favorita; demasiado lejos para desvelar el misterio, demasiado peligroso.

Todo iba relativamente bien al principio, salvo el que mi nivel de protección era el que tuvo más utilización con diferencia, lo que hizo que me tocara trabajar de lo lindo. Hubo cambio de turno por una bajada muy repentina y salió el abuelo, y a los 10 minutos me tocó salir a mí otra vez.

Fue al dirigirme de nuevo al tejado cuando de repente todo se volvió blanco. La niebla más densa que habíamos visto nunca, lo que unido al paisaje blanco que nos venía rodeando los últimos 30 días hizo que fuera imposible ubicarse; solo sabía que tenía la casa a unos palmos, no podía ser más de un metro, pero no estaba seguro en qué dirección.