Nieva: Capítulo 6

Afortunadamente sentí que algo tiraba de uno de mis brazos y me arrastraba hasta dentro de la casa.

Pero no era exactamente la misma. Quiero decir, era la misma, pero no era igual, no era como cuando salí a reparar el tejado. Es como si otras personas se hubieran encargado de ella; la decoración, la ubicación de los objetos, era diferente. A pesar de ello estaba seguro que era la misma.

Y ahí fue cuando perdí el conocimiento.

– Mamá – dije.

Cuentos cortos.

Túnel

– Suena muy típico, pero no alcanzo a ver la luz al final – dijo.

Llevaban horas metidos en ese agujero, con apenas espacio para sus escuálidos cuerpos, fruto del horror que intentaban dejar atrás. A pesar de todo Glen nunca perdía el sentido del humor; era sin duda una de las fuentes de las que emanaba su supervivencia. Era su coraza.

– Glen, te lo agradezco, pero creo que de esta no salimos. A duras penas consigo controlar el pánico y mantener el control; realmente, a duras penas consigo respirar este aire envenenado – era Paxel, su compañero de horror. Paxel era un superviviente. Un superviviente sin motivo aparente según decía él mismo, ya nada le ataba a este mundo, pero Glen le caía bien.

Siguieron adelante durante algunas horas más, pero el avance resultó mucho más lento de lo esperado. Apenas podían moverse, la visibilidad era prácticamente nula y el aire irrespirable.

– Glen, no puedo más – una tos que parecía sacada del mismo infierno empezó a brotar de su pecho. A partir de ahí un vómito interminable. Se ahogaba.

Pero sobrevivió, así era Paxel. Cualquier otro hubiera muerto ahí mismo.

– Vamos Paxel, la libertad tiene un precio. No me digas que pensabas que esto iba a ser un paseo. Te recuerdo que cuando dijiste que me acompañarías afirmaste que no te asustaba porque tenías mucho más que ganar que lo que tenías que perder.

– Deja de jugar con mi mente Glen, aquí me quedo – era la voz de Paxel que no superaba el tono de un susurro.

– Paxel – dijo Glen.

No hubo respuesta.

– Paxel, sigues ahí? – insistió.

Se aprecia un leve susurro, ininteligible al oído, pero la mente identificaba claramente que era el aliento de alguien que no quiere continuar.

– Paxel, vamos amigo. Te quiero.

Silencio sepulcral durante tiempo indefinido.

– Sigamos – dijo Paxel.

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Nieva: Capítulo 5

– Papá! Papá! No veo nada! Pero cómo puede hacer semejante viento de repente y no disiparse la niebla?

No me oyen, el ruido del viento es ensordecedor.

Y evidentemente no me ven.

Tengo que estar a menos de dos metros de la casa pero he perdido completamente la referencia. Si avanzo hacia la dirección inadecuada…

Hoy es el día? Qué pena pienso, pero no soy capaz de mover un solo músculo para intentar salvarme.

La temperatura ha caído de manera brutal, moriré. Cuando se disperse la niebla me van a encontrar congelado, semi enterrado en la nieve y a dos metros de la casa.

– Qué pena – digo.

Nadie me escucha. Nadie me ve.

Pienso en mamá.

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Nieva: Capítulo 4

Tras la revisión de daños matinal nos dimos cuenta que el último vendaval se había llevado parte del tejado, lo suficiente para suponer un problema de acumulación de nieve y de posibles filtraciones. No es la primera vez que nos pasa, ni será la última, y tenemos claro cuál es el procedimiento a seguir, así como las precauciones a tomar.

Pero esta vez era diferente.

Tras 30 días seguidos nevando, lo que suponía el tramo más largo conocido sin cambios bruscos en el clima, estábamos realmente preocupados del momento en el que éste se fuera a producir. Más si cabe cuando la actividad que teníamos que llevar a cabo suponía estar completamente a la intemperie durante horas. Y aunque no llegara un cambio de 180 grados, el estar expuesto durante tanto tiempo al exterior con horquillas térmicas de unos 20-30 grados en el periodo que necesitábamos estar fuera (que era la única previsión que podíamos hacer viendo lo que había pasado los últimos 30 días e inventarnos de ahí una tendencia), no invitaba demasiado a la tranquilidad.

Para hacerse una idea, el mero hecho de salir equipado para soportar temperaturas de hasta 40 grados bajo cero (sin viento) y luego encontrarte que la temperatura sube hasta los 5 o 10 grados bajo cero, supone ya un problema de base. Porque lo primero que te dan ganas es de empezarte a quitar protecciones a lo loco con tal de no llegar a la asfixia; y si lo haces, y la temperatura vuelve a bajar, seguramente mueras congelado porque no te dé tiempo a volver a equiparte otra vez. Yo he visto caer a dos por lo primero y a cinco por lo segundo.

Así que lo que hacemos en estos casos es entre los tres vestirnos con ropas con niveles diferentes de protección. Uno con protección baja para las temperaturas menos frías, otro intermedias y otro para las más frías. Nos colocamos dentro de la casa lo más cerca posible de la zona a reparar, y en base a la temperatura que haya fuera le toca trabajar a la persona que lleve el nivel de protección más adecuado, el cual se prepara antes de salir con la ayuda del otro, lo que facilita las cosas. Si hay cambios, se produce cambio de turno en base a si la temperatura va al alza o a la baja.

Todo iba relativamente bien al principio, salvo el que mi nivel de protección era el que tuvo más utilización con diferencia, lo que hizo que me tocara trabajar de lo lindo. Hubo cambio de turno por una bajada muy repentina y salió el abuelo, y a los 10 minutos me tocó salir a mí otra vez. Y fue al dirigirme de nuevo al tejado cuando de repente todo se volvió blanco. La niebla más densa que habíamos visto nunca, lo que unido al paisaje blanco que nos venía rodeando los últimos 30 días hizo que fuera imposible ubicarse; solo sabía que tenía la casa a unos pocos metros, pero no estaba seguro en qué dirección.

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Espera

Lo estuve esperando más allá de lo acordado. Exactamente 20 años más. No me moví, permanecí completamente quieto a la espera de verlo aparecer por donde dijo que iba a volver.

Pero no regresó.

Entonces reflexioné y decidí ir en su busca.

Avancé seis pasos y doblé la esquina donde lo perdí de vista tiempo atrás.

Y allí lo encontré.

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Nieva: Capítulo 3

Nuestra rutina diaria es bastante sencilla. Por la mañana repaso de inventario y revisión de daños de la estructura de la casa. En base a los resultados de ambas cosas y de su prioridad, decidimos en qué debemos ocupar el resto del día.

Rutina sencilla y todo sencillo. La sencillez es para nosotros otra de las bases fundamentales, si te complicas pierdes capacidad de reacción y sin velocidad no eres nadie en este mundo.

Hablando de velocidad, nosotros la empleamos principalmente cuando salimos de casa; siempre vamos corriendo a todos lados mientras no estamos a cubierto. De casa salimos lo menos posible, así que hasta se agradece que cuando lo hacemos vayamos corriendo, es una estupenda manera de estar en forma y estirar las piernas. Papá dice que así mantenemos el “figurín”. La verdad es que entre lo que corremos y que las comidas son muy controladas porque aquí nada abunda, estamos todos bastante delgados.

– Papá llamando a la Tierra, estás ahí Tierra? Puedes dejar lo que estás haciendo y volver con nosotros?

– Sí papá… – dejo la libreta y paro de escribir durante unos segundos – creo que es importante que alguien deje por escrito cómo es nuestra vida y lo que nos ha pasado.

– Podrás hacerlo tú mismo, porque visto lo visto vas a estar aquí durante muchos años. Anda, termina el desayuno y recoge tus cosas, en diez minutos tenemos que estar listos para salir.

Porque esta es otra de las cosas que cambió después de que el abuelo apagara el interruptor de la luz del baño y cayera el rayo sobre el repetidor de telefonía del pueblo… que los que sobrevivimos, no envejecemos. Mi reloj se paró cuando tenía 12 años.

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Nieva: Capítulo 2

La supervivencia cuando te mueves en una realidad tan cambiante como esta se basa en dos factores principales. El primero tu capacidad de improvisación, el segundo que estés a cubierto el mayor tiempo posible.

Puedes saber improvisar y ese día no tener suerte, entonces seguramente acabarás muerto. Pero si procuras estar a cubierto tu probabilidad de supervivencia pasa a ser claramente mayor. Si hace mucho frío puedes cobijarte del mismo, si hace mucho calor puedes estar en un lugar algo más fresco y alejado de los abrasadores rayos del sol. Lluvia torrencial, viento huracanado, tormentas eléctricas… oye, mejor si te encuentran bajo un techo firme.

Por eso muchos al principio optaron por vivir bajo tierra. Todo fue más o menos bien hasta las primeras inundaciones. Yo no estuve cuando el diluvio universal, pero según papá y el abuelo que tampoco estuvieron pero algo les habían contado, debió ser algo parecido.

Nosotros tuvimos suerte con nuestra casa, y creo que de verdad es uno de los motivos por los que aún sigamos aquí, ya que no se encuentra ubicada ni muy baja como para verse afectada por las inundaciones, ni muy alta como para sufrir las temperaturas extremadamente frías (por debajo de -30 ya duele al respirar); y tras el cobijo de una pequeña loma que nos protege de los días donde todo sale volando. Incluso la pobre vaca de nuestro vecino Ralf, lo juro.

Pero nuestra magia, nuestra arma secreta, es la enorme capacidad de improvisación del abuelo y de papá. El abuelo siempre dice que se dio cuenta que tenía un don al respecto el día que la abuela le pidió que se casará con él. Menuda era la abuela. Papá también tiene el don. Y yo… yo aún no lo sé. Por eso procuro siempre ir acompañado de uno de los dos; no son tiempos como para poder permitirte el cometer errores.

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Nieva: Capítulo 1

Y ya van 20 días seguidos.

– La última vez que nevó así acabamos utilizando los muebles para alimentar la chimenea – dijo papá.

Últimamente es todo muy extraño, yo solo tengo 12, pero en los últimos años he visto de todo. Pasamos de las intensas nevadas al calor más extremo. O no para de llover o tenemos que llevar al límite nuestras reservas de agua para sobrevivir. Porque como dice papá hace tiempo que esto pasó de ser vivencia a supervivencia.

– Venga papá, ya sabes que al menos estos días no tenemos que preocuparnos por el agua; y aprovechamos para rellenar las reservas.

Habíamos convertido el sótano en un almacén para la supervivencia, la verdad es que teníamos solución para casi todo. Y digo casi porque así como esta la cosa últimamente siempre puede surgir algo desconocido para lo que no estemos preparados. Como el día en que pasamos de 30 grados sobre cero a 30 grados en negativo en menos de una hora. Ahí se perdieron muchos; más de la mitad.

Todo empezó el día en que el abuelo apagó el interruptor de la luz del baño, o con eso bromeaba él. Cayó un rayo tremendo sobre el repetidor de telefonía del pueblo, y eso que no había ni una sola nube, y a partir de ahí todo se precipitó.

Cuentos cortos.