Nieva: Capítulo 9

Bajé las escaleras agarrado al pasamanos y al pasar por el escalón fatídico un escalofrío me recorrió la espalda.

Entré a la cocina y ahí estaba mi abuela con la taza marrón en la mano. Me la ofreció y se sentó en la mesa de la cocina sin articular palabra; nos quedamos mirando durante largo rato, a medida que ambos íbamos dando largos sorbos al café.

– Me he muerto alguna vez atragantado? – pregunté.

No digas bobadas, dijo la abuela, y me dio un abrazo. Cada vez que te veo siento una tremenda felicidad, pero entiende que es imposible que no se vea mezclada con una tremenda tristeza; estoy ya cansada de verte morir, y de ver el sufrimiento de tu madre. Nos vas a matar del disgusto.

Otro abrazo.

El resto del día transcurrió tranquilo, los tres junto a la mesa de la cocina, intentando encontrar entre todos alguna lógica a todo lo ocurrido. Estaba claro que algo había cambiado, y era un cambio fundamental, pero no sabíamos por qué. Tal vez fruto de la casualidad, tal vez a causa de algún tipo de lógica que no éramos capaces de discernir.

Ese día terminó sin que muriera. Tal vez fruto de la casualidad, tal vez fruto del cambio.

Cuentos cortos.

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