Nieva: Capítulo 2 (versión extendida)

Sí, se precipitó, en primer lugar en forma de apagón, donde permanecimos al menos durante una semana en total oscuridad. El sol no apareció en el horizonte la mañana del día siguiente que el rayo cayó. Tampoco en las demás. Vivimos al mismo tiempo incapaces de poner en funcionamiento ningún tipo de aparato eléctrico.

Lo llamamos el Gran Apagón.

En segundo lugar, tras este periodo inicial a oscuras, caímos. Se puede decir que nos precipitamos literalmente. Sentimos como si hasta ese momento en nuestras vidas hubiéramos estado viajando en un ascensor desplazándonos a una velocidad constante, viendo como poco a poco ascendemos en dirección a plantas superiores. Hasta que el ascensor paró en seco y nos quedamos a oscuras. Ahí fue precisamente cuando nos dimos cuenta que nos habíamos estado moviendo; porque paró. En mi recuerdo marcaba la planta doce, pero no es el mismo recuerdo que tienen los demás; es como si cada uno tuviera el suyo. Tras la semana de apagón, la cabina del ascensor cayó al vacío. No sabría explicar por cuánto tiempo, mi sensación fue que infinito. Y durante todo ese infinito tiempo sentí un enorme vacío en el estómago, el mismo que había sentido tantas veces al saltar desde aquel saliente que había junto al mar en la playa en la que nos gustaba ir los fines de semana en verano. También gritamos infinito tiempo, con la sensación de que el ascensor bajaba a gran velocidad más plantas incluso de las que había subido. No recuerdo mucho más, a penas el que a medida que caíamos algunos gritos se fueron apagando. Hasta que finalmente nuestro ascensor paró.

Lo llamamos la Gran Sacudida.

Nos encontrábamos en el mismo lugar, eso era seguro, pero tan seguro como que nos encontrábamos en otro tiempo. Para completar nuestro desconcierto el abuelo reconoció la casa como la casa en la que se crió. Ocurrió con el pueblo entero. Todo bicho viviente se desplazó hasta ahí, las personas, los animales… hasta pondría la mano en el fuego que los insectos cayeron junto a nosotros; a simple vista se vislumbraba también su desconcierto. Pero no llegamos todos, o al menos gran parte no lo hicieron enteros. Muchas personas desaparecieron, no habían viajado al mismo destino. Otras sí, pero solo en parte. Aparecieron brazos, piernas y demás restos de cuerpos incompletos. Es como si una parte hubiera quedado atrapada en un lugar distinto. Ahí fue cuando el abuelo, papá y yo nos quedamos solos.

Tras el Gran Apagón, la Gran Sacudida y un fase a la que nadie le puso nombre pero que decidí por cuenta propia bautizar como el Gran Desconcierto, comenzamos a acostumbrarnos a nuestra nueva realidad: un mundo ya pasado y extremo donde las inclemencias del tiempo se suceden sin lógica, donde el mismo tiempo ha perdido su flujo constante y se rige de manera caótica.

Tuvimos que aprender a sobrevivir de manera diferente a la que estábamos acostumbrados, dándonos cuenta que cuando te mueves en una realidad tan cambiante, el sobrevivir pasa a basarse en dos factores principales: tu capacidad de improvisación y el permanecer a cubierto el mayor tiempo posible. Puedes saber improvisar y ese día no tener suerte, entonces seguramente acabarás muerto. Pero si procuras estar a cubierto tu probabilidad de supervivencia pasa a ser claramente mayor. Si hace mucho frío puedes cobijarte del mismo, si hace mucho calor puedes estar en un lugar algo más fresco y alejado de los abrasadores rayos del sol. Lluvia torrencial, viento huracanado, tormentas eléctricas… oye, mejor si te encuentran bajo un techo firme.

Por eso muchos al principio optaron por vivir bajo tierra. Todo fue más o menos bien hasta las primeras inundaciones. Yo no estuve cuando el diluvio universal, pero según papá y el abuelo que tampoco estuvieron pero algo les habían contado, debió ser algo parecido.

Nosotros tuvimos suerte con nuestra casa, y creo que de verdad es uno de los motivos por los que aún sigamos aquí, ya que no se encuentra ubicada ni muy baja como para verse afectada por las inundaciones, ni muy alta como para sufrir las temperaturas extremadamente frías (por debajo de -30 ya duele al respirar); y tras el cobijo de una pequeña loma que nos protege de los días donde todo sale volando. Incluso la pobre vaca de nuestro vecino Ralf, que tras la Gran Sacudida se había comido los restos que quedaron de su propio dueño, lo juro.

Pero nuestra magia, nuestra arma secreta, es la enorme capacidad de improvisación del abuelo y de papá. El abuelo siempre dice que se dio cuenta que tenía un don al respecto el día que la abuela le pidió que se casará con él. Menuda era la abuela. Papá también tiene el don. Y yo… yo aún no lo sé. Por eso procuro siempre ir acompañado de uno de los dos; no son tiempos como para poder permitirte el lujo de cometer errores.

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