Nieva: Capítulo 11

Llego nuevamente a la cocina tras bajar las escaleras como una exhalación, debo tener el pulso desorbitado y pienso que con la facilidad que se supone que muero en este lado a lo mejor me da un telele y me quedo frito, así que opto por tranquilizarme.

Abro la puerta de la cocina, dos tazas de café de colores en la mesa y mi abuela con una taza marrón en la mano; me la ofrece. Esto me suena haberlo vivido exáctamente igual cientos de veces. Siento vacío en el estómago. Mi madre me observa sentada en una silla junto a la mesa; no hay sonido.

No hay ningún tipo de sonido, no se oye nada.

Acabo de darme cuenta, he bajado las escaleras corriendo y no se ha escuchado nada, he abierto la puerta de la cocina y no ha emitido ningún sonido, al sentarse mi abuela en la silla no se ha escuchado cómo la arrastraba. Mi madre sorbe el café y no emite nada. Nadie habla, sólo me miran.

El café no huele, no hay olor tampoco. Ni tan siquiera cuando me acerco a las cabezas de ajos que hay colocadas en la encimera de la cocina noto nada.

Me siento en la mesa de la cocina, nos miramos, nadie habla.

Cierro los ojos durante un instante y al abrirlos siento como si hubieran pasado varias horas. La cocina está en penumbra, miro hacia la ventana y no entra luz; se ha hecho de noche. En la mesa de la cocina no hay nadie más.

Me voy a la cama.

Pienso que a lo mejor ya estoy muerto.

Cuentos cortos.

Nieva: Capítulo 10

Al amanecer desperté, seguía vivo y en el mismo lugar; fin del día uno. Esa era mi habitación, la de antes, bueno, la de ahora, la del otro lado. O tal vez el otro lado era el otro, la verdad es que aún no lo sé.

La habitación, aunque se notaba que había estado cuidada por otras personas, estaba prácticamente igual que antes de que empezara a cambiar todo: los libros en la estantería, el escritorio, los cuadros, las cortinas, la alfombra, los cajones… me acerqué a estos últimos y empecé a revisar el contenido. Dentro de ellos el contenido estaba tal cual lo recordaba, misma ubicación, mismo aspecto: las figuras de madera, los lápices, las chapas, mi diario…

– Joder – dije.

Mi diario estaba igual a como lo recordaba, pero no como lo recordaba antes de que cambiara todo, si no a como lo recordaba antes de empezar a arreglar el tejado de casa con el abuelo y papá.

Siento como un cortocircuito que me recorre el cuerpo de pies a cabeza, dolor en la nuca y olor a café. Tercera vez que estuve aquí, muerte por cortocircuito, ya lo recuerdo; escapaba de algo pero no recuerdo el qué. Sólo sé que tarde o temprano lo recordaré.

Empiezo a revisar mis notas. No me sorprendo al ver que no terminan la mañana del día que cambió todo sino que continúan adelante en el tiempo. Paso las hojas y la historia continúa tal como la recuerdo, acumulando todas las vivencias. Las páginas son exactamente las mismas, no solo la historia; la disposición de las palabras e incluso los dibujos juraría que están exactamente en la misma posición. Sigo leyendo, algunas partes las reviso completamente y algunas hojas solo las reviso en diagonal. Tras un rato llego hasta lo último que escribí, la última palabra coincide con la parte final de la segunda hoja.

Las manos comienzan a temblarme y tengo la garganta seca. Intento girar la página pero de lo que me tiemblan las manos me resulta casi imposible; no quiero que pase pero estoy convencido de lo que me voy a encontrar.

– Dios mío! – grito.

La historia sigue más allá de lo que recuerdo haber escrito, más allá de lo que recuerdo haber vivido, son mi letra y mis dibujos, leo la primera frase y yo juro que no recuerdo eso, pero es mi letra y claramente lo he escrito yo. Tengo delante de mí el libro que describe lo que me espera; y no lo quiero leer.

Cierro el libro muerto de miedo y salgo corriendo escaleras abajo.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 9

Bajé las escaleras agarrado al pasamanos y al pasar por el escalón fatídico un escalofrío me recorrió la espalda.

Entré a la cocina y ahí estaba mi abuela con la taza marrón en la mano. Me la ofreció y se sentó en la mesa de la cocina sin articular palabra; nos quedamos mirando durante largo rato, a medida que ambos íbamos dando largos sorbos al café.

– Me he muerto alguna vez atragantado? – pregunté.

No digas bobadas, dijo la abuela, y me dio un abrazo. Cada vez que te veo siento una tremenda felicidad, pero entiende que es imposible que no se vea mezclada con una tremenda tristeza; estoy ya cansada de verte morir, y de ver el sufrimiento de tu madre. Nos vas a matar del disgusto.

Otro abrazo.

El resto del día transcurrió tranquilo, los tres junto a la mesa de la cocina, intentando encontrar entre todos alguna lógica a todo lo ocurrido. Estaba claro que algo había cambiado, y era un cambio fundamental, pero no sabíamos por qué. Tal vez fruto de la casualidad, tal vez a causa de algún tipo de lógica que no éramos capaces de discernir.

Ese día terminó sin que muriera. Tal vez fruto de la casualidad, tal vez fruto del cambio.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 8

– Hemos? – dije. – Cuántas personas viven aquí?

– Tú abuela y yo – dijo mi madre.

Otra vez el pinchazo en la nuca, a lo que se sumó mi total desconcierto. No sabía por qué pero estaba seguro que al bajar las escaleras y entrar en la cocina encontraría tres tazas de café preparadas de diferentes colores, y mi abuela me iba a ofrecer la de color marrón. Es como si tal como me decía mi madre hubiera estado varias veces allí, me llega todo como en flashes, incluso ahora recuerdo el escalón desde donde caí rodando la última vez; también el sonido del crack cuando se me partió el cuello.

– Cuando tienes algún tipo de accidente en el otro lado vienes aquí, y una vez en este lado, cuando mueres, que es algo que haces con suma facilidad, vuelves al otro – dijo mi madre. – Y me da la impresión por lo que nos cuentas cuando vuelves que tampoco recuerdas ahí lo que has vivido con nosotras, una vez estás en el otro lado se borra todo lo de aquí. Para nosotras el tiempo sigue adelante y tú vas yendo y viniendo, y creemos que para el otro lado es igual; la diferencia es que cuando despiertas en el otro lado parece que todo continúe igual y que tu padre y el abuelo, al igual que tú, no sean conscientes de lo que pasa.

– Muero con suma facilidad? – pregunté atónito.

– Sí, la vez que más tiempo has estado con nosotras han sido tres días – respondió mi madre.

La cabeza me va a explotar.

– Dile a la abuela que cargue bien ese café – pedí.

– Ya lo sabe – respondió mi madre.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 7

Al empezar a recuperar la consciencia lo primero que sentí era el olor a café. Era maravilloso, tal como lo recordaba.

Maravilloso y al mismo tiempo imposible, hace ya muchos años que se terminó y así como hemos ido encontrado otras cosas en nuestras incursiones nunca nadie ha recuperado un paquete de café.

También noto que estoy tumbado en una cama y que hay alguien más conmigo en la misma estancia, guardando absoluto silencio. Tras un buen rato más, consigo abrir los ojos; y nuevamente la misma casa, pero de otra manera, como si hubiera estado a cargo de alguien diferente.

– No te asustes, vale? – era una voz femenina que me resultaba tremendamente familiar. Repitió lo mismo por lo menos diez veces, mientras yo miraba hacia donde provenía la voz intentando enfocar la vista, y no fue hasta la décimo primera vez que repitió que no me asustara cuando la reconocí.

– Mamá? – joder, era mi madre.

– Sí, soy yo, pero no te asustes por favor. La última vez saliste corriendo escaleras abajo y al caerte rodando te volvimos a perder.

Lo curioso es que todo eso me sonaba, hasta de repente sentí un fuerte dolor en la nuca, como el resultado de un golpe que hubiera sufrido en el pasado.

– Creo que lo recuerdo, y también recuerdo este olor de café – dije.

La expresión del rostro de mi madre cambió por completo y rompió a llorar. En ese momento lo entendí, no sabía por qué, pero lo entendí todo.

– Cuántas veces he estado aquí? – pregunté.

– Nueve, y en ninguna de las anteriores recordabas absolutamente nada, hemos tenido que empezar a contarte todo de nuevo cada vez.

Algo estaba cambiando.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 6

Sentí que algo tiraba de uno de mis brazos y me arrastraba hasta dentro de la casa.

Pero no era exactamente la misma. Quiero decir, era la misma, pero no era igual, no era como cuando salí a reparar el tejado. Es como si otras personas se hubieran encargado de ella; la decoración, la ubicación de los objetos, era diferente. A pesar de ello estaba seguro que era la misma.

Y ahí fue cuando perdí el conocimiento.

– Mamá – dije.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 5

– Papá! Papá! No veo nada! Pero cómo puede hacer semejante viento de repente y no disiparse la niebla?

No me oyen, el ruido del viento es ensordecedor.

Y evidentemente no me ven.

Tengo que estar a menos de dos metros de la casa pero he perdido completamente la referencia. Si avanzo hacia la dirección inadecuada…

Hoy es el día? Qué pena, pienso, pero no soy capaz de mover un solo músculo para intentar salvarme.

La temperatura ha caído de manera brutal, moriré. Cuando se disperse la niebla me van a encontrar congelado, semi enterrado en la nieve y a dos metros de la casa.

– Qué pena – digo.

Nadie me escucha. Nadie me ve.

Pienso en mamá.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 4

Tras la revisión de daños matinal nos dimos cuenta que el último vendaval se había llevado parte del tejado, lo suficiente para suponer un problema de acumulación de nieve y de posibles filtraciones. No es la primera vez que nos pasa, ni será la última, y tenemos claro cuál es el procedimiento a seguir, así como las precauciones a tomar.

Pero esta vez era diferente.

Tras 30 días seguidos nevando, lo que suponía el tramo más largo conocido sin cambios bruscos en el clima, estábamos realmente preocupados del momento en el que éste se fuera a producir. Más si cabe cuando la actividad que teníamos que llevar a cabo suponía estar completamente a la intemperie durante horas. Y aunque no llegara un cambio de 180 grados, el estar expuesto durante tanto tiempo al exterior con horquillas térmicas de unos 20-30 grados en el periodo que necesitábamos estar fuera (que era la única previsión que podíamos hacer viendo lo que había pasado los últimos 30 días e inventarnos de ahí una tendencia), no invitaba demasiado a la tranquilidad.

Para hacerse una idea, el mero hecho de salir equipado para soportar temperaturas de hasta 40 grados bajo cero (sin viento) y luego encontrarte que la temperatura sube hasta los 5 o 10 grados bajo cero, supone ya un problema de base. Porque lo primero que te dan ganas es de empezarte a quitar protecciones a lo loco con tal de no llegar a la asfixia; y si lo haces, y la temperatura vuelve a bajar, seguramente mueras congelado porque no te dé tiempo a volver a equiparte otra vez. Yo he visto caer a dos por lo primero y a cinco por lo segundo.

Así que lo que hacemos en estos casos es entre los tres vestirnos con ropas con niveles diferentes de protección. Uno con protección baja para las temperaturas menos frías, otro intermedias y otro para las más frías. Nos colocamos dentro de la casa lo más cerca posible de la zona a reparar, y en base a la temperatura que haya fuera le toca trabajar a la persona que lleve el nivel de protección más adecuado, el cual se prepara antes de salir con la ayuda del otro, lo que facilita las cosas. Si hay cambios, se produce cambio de turno en base a si la temperatura va al alza o a la baja.

Todo iba relativamente bien al principio, salvo el que mi nivel de protección era el que tuvo más utilización con diferencia, lo que hizo que me tocara trabajar de lo lindo. Hubo cambio de turno por una bajada muy repentina y salió el abuelo, y a los 10 minutos me tocó salir a mí otra vez. Y fue al dirigirme de nuevo al tejado cuando de repente todo se volvió blanco. La niebla más densa que habíamos visto nunca, lo que unido al paisaje blanco que nos venía rodeando los últimos 30 días hizo que fuera imposible ubicarse; solo sabía que tenía la casa a unos pocos metros, pero no estaba seguro en qué dirección.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 3

Nuestra rutina diaria es bastante sencilla. Por la mañana repaso de inventario y revisión de daños de la estructura de la casa. En base a los resultados de ambas cosas y de su prioridad, decidimos en qué debemos ocupar el resto del día.

Rutina sencilla y todo sencillo. La sencillez es para nosotros otra de las bases fundamentales, si te complicas pierdes capacidad de reacción y sin velocidad no eres nadie en este mundo.

Hablando de velocidad, nosotros la empleamos principalmente cuando salimos de casa; siempre vamos corriendo a todos lados mientras no estamos a cubierto. De casa salimos lo menos posible, así que hasta se agradece que cuando lo hacemos vayamos corriendo, es una estupenda manera de estar en forma y estirar las piernas. Papá dice que así mantenemos el “figurín”. La verdad es que entre lo que corremos y que las comidas son muy controladas porque aquí nada abunda, estamos todos bastante delgados.

– Papá llamando a la Tierra, estás ahí Tierra? Puedes dejar lo que estás haciendo y volver con nosotros?

– Sí papá… – dejo el diario y paro de escribir durante unos segundos – creo que es importante que alguien deje por escrito cómo es nuestra vida y lo que nos ha pasado.

– Podrás hacerlo tú mismo, porque visto lo visto vas a estar aquí durante muchos años. Anda, termina el desayuno y recoge tus cosas, en diez minutos tenemos que estar listos para salir.

Porque esta es otra de las cosas que cambió después de que el abuelo apagara el interruptor de la luz del baño y cayera el rayo sobre el repetidor de telefonía del pueblo… que los que sobrevivimos, no envejecemos. Mi reloj se paró cuando tenía 12 años.

Cuentos cortos.

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Nieva: Capítulo 2

La supervivencia cuando te mueves en una realidad tan cambiante como esta se basa en dos factores principales. El primero tu capacidad de improvisación, el segundo que estés a cubierto el mayor tiempo posible.

Puedes saber improvisar y ese día no tener suerte, entonces seguramente acabarás muerto. Pero si procuras estar a cubierto tu probabilidad de supervivencia pasa a ser claramente mayor. Si hace mucho frío puedes cobijarte del mismo, si hace mucho calor puedes estar en un lugar algo más fresco y alejado de los abrasadores rayos del sol. Lluvia torrencial, viento huracanado, tormentas eléctricas… oye, mejor si te encuentran bajo un techo firme.

Por eso muchos al principio optaron por vivir bajo tierra. Todo fue más o menos bien hasta las primeras inundaciones. Yo no estuve cuando el diluvio universal, pero según papá y el abuelo que tampoco estuvieron pero algo les habían contado, debió ser algo parecido.

Nosotros tuvimos suerte con nuestra casa, y creo que de verdad es uno de los motivos por los que aún sigamos aquí, ya que no se encuentra ubicada ni muy baja como para verse afectada por las inundaciones, ni muy alta como para sufrir las temperaturas extremadamente frías (por debajo de -30 ya duele al respirar); y tras el cobijo de una pequeña loma que nos protege de los días donde todo sale volando. Incluso la pobre vaca de nuestro vecino Ralf, lo juro.

Pero nuestra magia, nuestra arma secreta, es la enorme capacidad de improvisación del abuelo y de papá. El abuelo siempre dice que se dio cuenta que tenía un don al respecto el día que la abuela le pidió que se casará con él. Menuda era la abuela. Papá también tiene el don. Y yo… yo aún no lo sé. Por eso procuro siempre ir acompañado de uno de los dos; no son tiempos como para poder permitirte el cometer errores.

Cuentos cortos.

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